Discurso de Incorporación del Dr. Egberto Zambrano, como Individuo de Número

Ilustres Académicos, Colegas, Invitados Especiales, amigos todos.

Se acostumbra en el  momento que me toca hoy, empezar haciendo una especie de justificación, con aparente humilde modestia, de la emoción que se percibe al avanzar a la condición de Miembro Individuo de Numero de la Academia de Medicina del Táchira y a veces expresar los pocos méritos que se puedan tener  para ascender en el escalafón.

Quiero, mejor decirles que, desde el momento en que fui postulado  me siento estimulado y optimista, no obstante las dificultades que pudiesen eventualmente encontrarse, para intentar un progresivo avance de la Institución, aunque este no llegue a ser significativo; crecimiento este que vendría a ser la aspiración más acariciada, por todos quienes formamos parte de la Corporación. Pero también motivado por la inquietud que se ha tenido, de tratar de conseguir que todos ayudemos para hacer algo en contra, de la a veces disimulada apatía, que invade a una parte de los integrantes  de una asociación, la cual pudiese languidecer por culpa de nosotros mismos. Y esto lo digo  porque más que la cantidad y calidad de los aportes que podamos cada uno hacer, es la sinceridad con la que podamos actuar lo que más cuenta y a eso se debe que en ocasiones me haya atrevido a decir, lo que todos vemos y sabemos, pero nos callamos para no herir susceptibilidades. Desde luego, respetando, el hecho indiscutible  de que todos tenemos  nuestras  predilecciones, nuestros gustos, nuestras prioridades y también nuestras reservas.

Miremos con respeto el pasado y recordemos a quienes, tras vencer dificultades se empinaron por encima de ellas y, lograron dejarnos como legado la institucionalización de sus inquietudes, pero  también, y a eso debemos concederle lugar privilegiado en nuestro entendimiento, a los que nos guiaron durante el aprendizaje. Todos los pedagogos, nos han ilustrado sobre diferentes aspectos: de la cultura, de la ciencia y de la vida, pero entre ellos siempre resaltan unos, que consiguieron  en ese diario proceso de enseñanza-aprendizaje, traspasarnos un poco de su esencia, lo cual hace que mantengamos cierta compenetración con su particularidad. Debe resaltarse que ese instructor no es solo aquel con quien compartimos directamente, sino que puede ser el que llega hasta nosotros a través de sus discípulos, quienes nos trasmiten no tan solo sus enseñanzas, sino que nos hablan de sus persistentes inquietudes y desvelos por el avance de nuestra ciencia y de las instituciones a las cuales pertenecieron.

En mi caso, tengo en lo más pesado de la alforja que contiene mis recuerdos, a quienes debo mi formación, empezando allá en los campos cultivados de mi lar natal, en la Escuela Municipal N° 6 Bachiller Peralta, que dejó en mi la marca indeleble de su rigurosa  exigencia en el proceso de enseñanza-aprendizaje. El Colegio Parroquial Corazón de Jesús de La Grita, donde aprendí tantas cosas que templaron mi personalidad, como aquel de aborrecer y oponer resistencia contra las arbitrariedades e imposiciones forzadas. La Escuela Padre Maya también de la Atenas del Táchira, que abrió mis ojos a una visión más o menos clara sobre  oscurantismo y cultura. El Liceo Jáuregui, que enrumbo definitivamente mi vida por el camino de las ciencias. La  ilustre Universidad de Los Andes, que me encaminó definitivamente en la noble función de mejorar la condición de los que sufren. Después seguir completando el aprendizaje sobre  todo lo relacionado con nuestra ciencia-arte, mediante la practica con ese innúmero caudal de enfermos, y la guía generosa de los consagrados especialistas del Hospital Central de San Cristóbal, finalizando el recorrido como Médico Residente del grupo de Traumatología dependiente del Servicio de Cirugía, donde pude encontrar respuesta sobre cual especialidad debía yo abrazar.   En el Hospital Italiano de Buenos Aires y el Hospital  de Niños de esa misma ciudad Argentina, donde pude coronar mis aspiraciones de entrenarme en la Especialidad. En el Hospital Santa Casa de Misericordia de Sao Paulo servicio en el que continué el entrenamiento, durante la atención que allí se brinda  a tantos menesterosos. 

Regresar luego e incorporarme nuevamente al querido Hospital Central de San Cristóbal, contribuir en la fundación de su Servicio de Ortopedia y Traumatología, como servicio independiente y también ingresar a la Universidad de Los Andes al momento que empezaba lo que dio en llamarse el Bienio Clínico, para contribuir como guía de buen número de futuros médicos. Lo que sobrevino después lo conservo como el más preciado regalo que me entrego el  Central: el caudaloso volumen de personas con diferentes dolencias del Aparato locomotor que acudió a ponerse bajo mis cuidados para que yo continuará aprendiendo; ellos bridaron dócilmente sus cuerpos para que yo enriqueciera mis conocimientos, sin cobrarme nada por eso. 

Participar en el apasionante trabajo que dio lugar al largo proceso que comienza en Junio de 1976 con la promoción, planificación, construcción, inauguración en 1981, puesta en marcha y consolidación, junto a los inolvidables compañeros Norman Cordero y Samuel Darío Mogollón como integrantes de la Primera y Segunda Junta Directiva, de lo que hoy se conoce como Centro Clínico San Cristóbal y continuar allí ejerciendo calladamente la profesión, son vivencias que me llevaré cuando venga el final de mis días.

Concurrir después, a centros especializados de Europa, de Colombia y los Estados Unidos para continuar nutriéndome en los conocimientos necesarios para enfrentar los retos de nuestra especialidad.

Ilustres Académicos,

Mi atisbo a esta digna Corporación Científica, empieza el 11 de Enero del 2001, cuando convencido por el doctor Alberto Serrano Galaviz, Presidente, introduje una solicitud de ingreso avalada por los doctores Hugo Murzi, Jesus González Romero y Francisco Romero Ferrero, la cual el 25 de Mayo del mismo año, fue sometida a votación directa y secreta, resultando aprobada, al escrutar la urna, con 17 de los 17 votos emitidos. Recibí el Diploma que acredita mi Ingreso, como Miembro Correspondiente Regional, el 02 de Agosto del 2001. Para el mes de Agosto del mismo año, en la Sede Provisional,  pronuncié el Discurso sobre la vida y obra del Dr. Humberto Gutiérrez Redondo.

Llego ahora a este memorable momento, por la benevolencia de un representativo grupo de los aquí presentes y estoy frente a Ustedes para responder al llamado de incorporarme en la condición de Miembro Individuo de Número de la Institución. Es  esplendida la oportunidad que me brindan de ocupar un lugar entre Ustedes y tal vez poder contribuir en algo para que la Academia prosiga creciendo en su camino. Esta grata ocasión sin embargo  se desvanece al recordar a  los fundadores, partiendo del viejo Hospital Vargas donde hicieron tan venerable labor muchos que junto a Elbano Adriani y Francisco Romero Lobo fundaron la Primera Asociación Científica  del Táchira en aquel centro asistencial, punto de partida de lo que hoy, orgullosamente, tenemos en esta zona de los andes venezolanos: “La Academia de Medicina del Estado Táchira”.

Después a Romero Lobo, motor fundamental y padre fundador de la Institución, que junto a Puky,  Murzi, Galindo, Cuesta , Santander ,Morales García, Morales Pérez y   Sánchez Mora, fueron los primeros nueve individuos de Numero; y a quienes completaron posteriormente los veinte, establecidos en los Estatutos; a los Miembros Correspondientes Regionales y Nacionales. Pero también a quienes me precedieron en el Sillón N° 7 y que hoy me resulta obligatorio tener presente; el doctor Gustavo Sánchez Mora primero y finalmente el doctor Walter Oliver Luengo. Había ingresado el doctor Walter como Miembro Correspondiente en Septiembre de 1990 y ascendido a la categoría de Individuo de Número en Abril de 1994. Presidio esta Ilustre Institución durante el Periodo 2002- 2004.

Él fue  mi profesor de Pre grado y puedo recordarlo como médico serio y responsable, bonachón, comprometido en el ejercicio profesional público y privado. Todavía tengo viva en mi memoria la imagen de aquel hombre fuerte, que saludé por última vez, en el área de hospitalización del piso cuatro en Policlínica Táchira, cuando ya terminaba su labor ese día, después de atender sus pacientes. Tenía meses de no verlo y al encontrarlo con su bata blanca, su sonrisa, su peculiar porte, sus finos modales y habitual energía me impresionó muy bien; después del respetuoso saludo le manifesté mi alegría de verlo en tan buenas condiciones y le exprese mis más vivos deseos porque se mantuviera así. Qué paradoja, dos días después se nos adelantaba en la final partida, el 08 de Diciembre del 2014. Dejó un inmenso vació en quienes le conocimos, apenas llenado en parte por el recuerdo de su ejecutoria y su permanente presencia en la Galería de nuestra sede provisional.

La vida que nos rodea a diario es la verdadera  historia y constituye la llave que abre la ventana para ver la página  de lo que somos como grupo científico o como gremio.

La concatenación de acciones y de pasiones humanas e incluso de confrontaciones de visiones pasadas o presentes, se amalgama como lo consigue el diseñador gráfico, el orfebre, el escritor, el poeta o el músico para hacer nacer algo nuevo. De manera parecida surgen las Instituciones. En ocasiones hay toda una herencia viva extra nacional y pre regional  en su hechura.

Una herencia rica y venerable urdida en el tiempo,  que llega hasta nosotros desde  los lejanos tiempos de los sumerios, los hebreos y los pueblos más creadores del Mediterráneo. Fue traída a América por la Empresa de Indias de la Castilla del Renacimiento y moldeada por ellos, en el diario trajinar, durante el pasado Siglo aquí en  nuestro suelo.

Lo que nos hemos acostumbrado a ver como un hecho local es entonces la prolongación de muchos, previos, sucesos y aconteceres.

Debemos ver la Historia de la Academia de Medicina del Táchira, como explicación del pasado y como empresa de creación del futuro en el presente. Es el rescate, lo más  completo posible del pasado, la condición previa para la rotunda posesión del presente. Nada menos que esto significa la historia de la institución a la que pertenecemos.

Vista así, esa historia, todavía no escrita, resulta ser la reafirmación  de la personalidad de la Academia. Es  una empresa que para acometerla tenemos que, como lo escribió Uslar Pietri, despertar a los muertos, pero también despabilar a los vivos para que contribuyan en la continuidad de su existencia. Esa pequeña gran historia de la Academia de Medicina del Táchira debe ser escrita. Está pendiente esa tarea, porque es bien conocido que la historia no es lo que se cuenta sino lo que queda escrito, porque la transmisión oral usualmente se deforma quitándole asuntos medulares o agregándole nimiedades. Nos comprometemos hoy  a tratar de enfrentar ese reto, bajo la condición de hacerlo sin las pretensiones del  historiador profesional, pero sí con la pasión irresistible por averiguar parte de su pasado, de su presente y el fervoroso deseo porque alguien se encargue de registrar, sin cortapisas, el prominente y deseable futuro.

La Academia debe seguirse estructurando  con fidelidad a los principios básicos fundacionales, los cuales aunque deben  mantenerse  en el tiempo, tienen que modificarse en concordancia  a los necesarios cambios de la medicina y del entorno social de cada época, sin perder la esencia de su orientación. Esos  valores cardinales  subsiguientemente establecidos y acordados, sin cuya existencia desaparece la armazón fundamental, deben aplicarse con cierta rigurosidad con el premeditado fin de conseguir una Institución sólida que merezca el respeto no solamente de cada uno de sus integrantes, sino también de todo el conglomerado médico. Ese merecido honor, es deseable en aras de  la existencia misma de la Corporación, como anhelada cúspide de la pirámide médico científica, a la cual merezca la pena aspirar a pertenecer. Es la herencia que puede perdurar si todos nos comprometemos, mientras la vida nos lo permita, a dejarla como árbol frondoso que entreguemos a las futuras generaciones, para que continúen abonando su pródigo crecimiento.

Muchas gracias.

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